Los 32 rumbos - revista on line de viajes


Recoleta

Un cementerio con alma propia

El Cementerio de la Recoleta es un famoso camposanto ubicado en el distinguido barrio del mismo nombre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Tras sus muros, se encuentran sepultadas el mayor número de personalidades del país, pero lo que realmente hace interesante su visita son las historias que se cuentan sobre quienes allí tienen su última morada...

Texto: Omar López Mato Fotos: Josep Guijarro

Atravesar las puertas del cementerio de la Recoleta es introducirse en otros tiempos de Buenos Aires. A pesar de su paz quebrada por miles de turistas que la recorren, aún resuenan las palabras de Borges cuando hablaba de “la recatada muerte porteña”, recato que el poeta dejó de lado a pesar del derecho adquirido para habitar estos panteones enfilados con la vanilocuencia del mármol a cambio de la parquedad calvinista de Plain Palais, en su querida Ginebra, sitio que eligió para abandonarnos.
La ciudad devoró al escueto camposanto de los monjes recoletos, lugar donde por siglos se celebraron las romerías del Pilar. Hoy los bares, restaurantes y hoteles que lo rodean le otorgan parte de ese animo festivo que en su apogeo fue testigo de los entonces titubeantes pasos del tango primitivo.
Fue Recoleta el humilde cementerio de la naciente república que albergó los cuerpos de héroes y de muchos que no lo fueron tanto. Enemigos irreconciliables en vida se reencuentran en la vecindad equiparadora de la muerte. Lavalle y Dorrego, Sarmiento y Quiroga, Evita y Aramburu coexisten en silenciosa cohabitación. La barbarie y la civilización solo están a pasos uno del otro.
Este cementerio creció anárquicamente hasta que el intendente Torcuato Alvear –que hoy es un habitante eterno de esta necrópolis- dio orden a sus calles y limite a su expansión. En seis cuadras coexisten 19.000 bóvedas que albergan personajes históricos, militares de coraje indomable y conspiradores a destiempo, políticos de partidos enfrentados, escritores prodigiosos y otros de libros olvidables, estancieros opulentos y muchos que quedaron en la calle y lo único que les quedó fue este lugar donde caerse muerto.
Curiosamente pocos tangueros que se han dado cita en este lugar de abolengo. Ellos, en secreta conspiración, han preferido el arrabal, el otro cementerio paradigmático de la ciudad, el de la Chacarita, donde se acumulan tumbas de poetas trasnochados y libélulas de la noche porteña.
Recoleta siempre impuso respeto por esas “terribles reliquias de los que amamos”, porque los muertos que allí van han merecido reposar en sus panteones y de esta forma “están más muertos y menos muertos que los difuntos comunes”.
Un lugar como este no podía carecer de mitología que se convirtió en fundacional para los argentinos. Allí Facundo Quiroga, el feroz caudillo, espera parado la llegada del fin de los tiempos porque un macho argentino debe presentarse de pie ante el Creador.
País regido por masones, este cementerio fue campo de batalla entre los curas y los hombres de las logias porque los obispos se obstinaban en negar cristiana sepultura a todo aquel que hubiese desafiado el poder terrenal de la Iglesia. Cansado de estos escándalos que cada vez más frecuentemente quebraban la monotonía de Buenos Aires, el presidente Bartolomé Mitre dictó la ley de secularización de los cementerios: cualquiera podía ser enterrado en el lugar que eligiese. El arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Aneiros (a quien irreverentemente algunos masones llamaban Asneiros) le quitó la condición de Campo Santo, condición que nunca se restituyó permitiendo la proliferación de simbologías crípticas, solo accesible a los iniciados. De esta forma proliferaron triángulos, escuadras, compases, ojos avizores y clepsidras aladas, con algunas cadenas que curiosamente suman treinta y tres eslabones.
Entre tan distinguidos muros no podía faltar sangre real y en algún rincón de Recoleta descansa una nieta de Napoleón. Era ella la hija del conde Waleska, fallecida durante su permanencia en el país cuando el conde (hijo natural de Bonaparte) representó a Francia durante los días del bloqueo anglo-francés. Tiempos aciagos le tocaron vivir a Waleska, tiempos cuando el fanatismo partidario de los seguidores de Juan Manuel de Rosas (llamados mazorqueros) sembraban de degüellos las calles de la ciudad.
También dicen que un nieto de George IV de Inglaterra, hijo de Miguel Hines, uno de la docena de bastardos reales que diseminó por su reino. Hines murió a orillas del Río de la Plata, honrado como miembro de la familia real por la armada británica con los reglamentarios cañonazos. Curiosamente este Miguel Hines fue quien encendió el primer árbol de Navidad en la colonial de Buenos Aires.
Aquí habitan eternamente guerreros polacos que con una nación moribunda a cuestas recorrieron desde las heladas tundras hasta las arenas del Sahara peleando contra el poderío nazi y cuando se percataron que la Polonia que amaban había quedado bajo la garra soviética, decidieron venir a esta tierra generosa que les dio cabida en la vida y en la muerte.
Como he dicho, entre estos muros cohabitan antípodas. Rosas, el tirano sanguinario, y el innovador Sarmiento, Alberdi, el intelectual ausente, y el temerario general Lavalle. Entres estas bóvedas que pertenecían a los “odiados oligarcas” terminó la esposa del general Perón, Eva Duarte, Evita la abanderada de los humildes, cuyo cuerpo embalsamado vivió aventuras póstumas que incluyeron secuestros , venganzas y hasta ritos esotéricos. Ahora descansa bajo toneladas de cemento que espantan toda idea peregrina de extravagantes periplos. Sobre su puerta siempre hay flores y el testimonio de miles de personas que vienen de todo el mundo a retratarse frente este meca de veneración popular, consagrada por una popular opera pop.
Entre esta callejuelas que prefiguran la “deseable dignidad de estar muerto” corren las leyendas de algunos que tuvieron la desgracia de no morir a su debido tiempo. La eterna dama de blanco es una leyenda urbana de todo cementerio que se precie y aquí la encarna el níveo reposo de María Luz García Velloso, muerta de leucemia a los tiernos quince años. Su madre, ni aun en la serenidad de las tumbas, quiso dejarla sola y ante su insistencia se le otorgó el permiso para custodiar a Luz cuando solo había sombras.
Leyendas hubo y habrá pero la Recoleta guarda el secreto de una dama cuyo drama se ha consubstanciado con el misterio del cementerio y la imagen congelada de una joven que abre las puertas del horror, la falsa muerte de Rufina Cambaceres. Hija de un díscolo escritor y una actriz italiana, Rufina supo de rechazos y discriminación por la vehemencia de su padre y la “incorrección” histriónica de su madre. El escándalo siempre ha sido tierra fértil que exacerbaba la imaginación y cuando una noche Rufina apareció muerte engalanada para ir a la opera, nació la leyenda. Su cuerpo fue sepultado precozmente. ¿Acaso se quería ocultar algo? Historias de todo tipo se tejieron sobre la joven, más cuando se corrió la voz que su ataúd se había movido horas después de ser inhumada. ¿Catalepsia? ¿Catatonia? ¿Narcosis? Las sospechas de robo se mezclaron con horrendos desatinos de una madre de honra dudosa que compartía sus días con el silencioso Hipólito Irigoyen, el rebelde radical que llegó a la primera magistratura por el voto popular. La leyenda de Rufina se extiende por esta estatua, donde la joven abre las puertas del suplicio. “Cada cual fue contemplador de su muerte única y personal como un recuerdo” nos dice Borges y la muerte de Rufina es un recuerdo vívido del espanto, el miedo ancestral de no terminar de morir en el momento que nos corresponde.
Recoleta, un lugar del ayer para recorrer lentamente saboreando estas historias de vida y muerte, las únicas certezas que nos esperan.

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Publicado en nuestra edición número 40 de Febrero 2013


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