Los 32 rumbos - revista on line de viajes


Valles Pasiegos

El secreto de Cantabria

En el corazón de Cantabria se extienden los valles pasiegos, donde sus habitantes han ido modelando su paisaje agrario a lo largo de los últimos cinco siglos. La naturaleza, la historia y la gastronomía sirven de excusa para explorar un territorio tan singular como sorprendente.
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Texto: Patricia Hervías Fotos: Josep Guijarro

Un fino manto de nieve cubre la Vega de Pas dibujando a mi alrededor un paisaje evocador. Miro al cielo cubierto de espesas nubes plomizas y no parece que el tiempo vaya a darme tregua. Los pequeños copos aguijonean mi rostro mientras encamino mis pasos hacia la iglesia de Valvanuz, en el término de Selaya. Subo la cremallera de mi anorak y protejo mis manos del frío escondiéndolas en los bolsillos. Imagino lo difícil que tenía que ser la vida en estos valles cuando llegaba el invierno. Los pasiegos –me cuentan- un pueblo de origen misterioso que poblaba estas tierras, poseían una cabaña temporal que ocupaban durante el periodo estacional pertinente (mientras el ganado pastaba en los puertos de montaña). Se trataba de una construcción de reducidas dimensiones, mampostería a canto seco o con barro, dotada de dobles muros y huecos de saneamiento en una pared cimentada contra el terrazo que, en ocasiones, llevaba adosada borciles para los cerdos.
La nieve crepita a mis pies mientras me aproximo a la iglesia. En su interior se conserva una talla de gran devoción en las villas pasiegas que, para más señas, es la Patrona del Valle de Carriedo, una de las vírgenes más veneradas y populares de toda Cantabria. Recibe el nombre de Nuestra señora de Valvanuz y la leyenda asegura que se apareció ante un pastor para comunicarle su deseo de que edificaran una iglesia. La Virgen –asegura la tradición- pisó sobre una roca caliza de la que milagrosamente brotó agua y, junto a ella, los vecinos de Selaya edificaron la ermita.

Pueblo maldito
Con todo, los pasiegos tenían sus propias creencias, costumbres y ritos al margen del cristianismo. En mi cuaderno figuraba, por ejemplo, la leyenda de la madre Ojáncana el personaje más desagradable y malvado de la mitología cántabra, un ogro de un solo ojo, tan alto como los árboles y robusto como los peñascos donde habita, sabía -también- de sus curiosos ritos funerarios, en los que sacaban del arcón las telas más lujosas para cubrir con ellas las paredes y ponían velas en las ventanas para que el alma encontrara la salida al bosque. Los pasiegos estaban convencidos de que los animales poseen percepción extrasensorial y que saben cuándo alguien va a morir. Puede que algunas de estas creencias les llevaran a ser incluidos en 1865 en un catálogo de pueblos malditos junto a los maragatos en León, los vaqueiros de alzada, en Asturias, o los agotes del Valle de Batzan, en Navarra.
Puedo imaginar la cara de los primeros jesuitas que arribaron a estas tierras en el siglo VIII y vieron a unos tipos que adoraban al roble, como los celtas. Hábilmente buscaron un sincretismo y construyeron sus primeras iglesias junto a estos árboles. Aún hoy los robles forman parte del patio de algunas colegiatas, siendo el lugar donde se reúnen los cabildos ciudadanos a deliberar.
Pero contrariamente a lo que pueda dar lugar esta adoración, los pasiegos no provenían de los celtas. De hecho nadie sabe a ciencia cierta cuál es su origen. Según la especialista Isabel Lorenzo, los pasiegos tienen la piel blanca que, al contacto con el sol, se broncea; son de baja estatura en comparación con los astures, cántabros o vascos; y delgados, sobrios y desconfiados, al punto de tener un segundo nombre para los conocidos.
El antropólogo Antolín Esperón asegura que los pasiegos son de origen indoeuropeo y, en su opinión, el uso del cuévano (un canasto que usan para recoger las frutas, idéntico a los de la zona del Himalaya) y el valor que le dan a los animales serían indicios que lo indican. Y es que no hay documentos sobre la existencia de estos habitantes hasta 1511, cuando la reina Juana la Loca pide se tenga más atención a estos valles.

Amas de cría
En la historia de los pasiegos hay que hacer una mención especial a las Amas de Cría. Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX muchas mujeres, arrastradas por la mísera situación en la que vivían, tuvieron que abandonar sus hogares y familias para criar los hijos de otros. Su especial robustez y sus dotes para la crianza les dieron gran fama en toda España. Pude tomar conciencia de ello en la campa de Valvanuz, visitando el modesto pero interesante museo ubicado en la Casa de la Beata, junto a la citada iglesia, donde se expone una colección de más de 400 fotografías y reproducciones que reflejan momentos y personajes de Selaya junto a los afortunados niños que alimentaron. Este hecho adquirió tanta importancia en la época que la Real Academia de la Lengua Española, acuñó el término hermano de leche para distinguir entre los niños amamantados por las amas y los propios.
Puede que el éxito radicara en la alimentación de estas mujeres, junto a las duras condiciones de vida que protagonizaron. La base de la gastronomía local hay que buscarla en la vaca pasiega autóctona, hoy extinguida que daba una leche muy rica en grasa. Con todo aún es posible degustar quesadas y sobaos tradicionales. En Selaya, por ejemplo, tuve oportunidad de visitar el obrador de Joselín que, desde mediados del siglo pasado elaboraba en el horno de la panadería en Vega de Pas los sobaos y quesadas tradicionales. La pureza de los ingredientes y la fórmula tradicional de fabricación siguen siendo las mismas que antaño, pero la familia Sainz ha cambiado el baúl de madera con el que recorría los mercados por furgonetas de reparto y un proceso de elaboración con amasado y empaquetado mecanizado. El sobao surge a partir de la aparición del azúcar. A la masa del pan se le añadía azúcar y mantequilla. Este sería el sobao primitivo. Con los años, ha evolucionado la forma de hacer la masa, añadiendo huevos, cáscara de limón y ron de anís: es el llamado sobao antiguo.
Con el postre bajo el brazo me dirigí a La Venta de Castañeda (en Pomaluengo, al pie de la carretera de Torrelavega a Solares) donde Santiago Flor mantiene vivo un plato tradicional tan exquisito como fuerte en aporte calórico: las alubias a la olla ferroviaria. También aquí puedes probar el típico cocido montañés que, a diferencia de otros como el madrileño, el maragato o el lebaniego, no lleva garbanzos sino alubias blancas y berzas a las que se añade el llamado compango (chorizo, costilla, morcilla y tocino).

Camino de Santiago
Muy cerca de aquí se encuentra la colegiata de Santa Cruz de Castañeda. Su emplazamiento geográfico en Socobio, la hace partícipe tanto de la riqueza del valle como de ser camino de tránsito hacia la costa. Y es que, durante la Edad Media se convirtió en un próspero enclave frecuentado por los peregrinos del Camino de Santiago siendo una de las cuatro colegiatas románicas existentes en Cantabria.
Otro de los puntos singulares de esta ruta ancestral hacia el finis terrae es Puente Viesgo un municipio situado en la comarca del Pas-Miera que debe su nombre al puente que cruza el río Pas, la única forma de cruzar desde el valle de Toranzo. En sus alrededores se han hallado varios yacimientos de la edad del bronce que demuestran que la ocupación de estas tierras puede remontarse 140.000 años atrás.
Me dirijo a la cueva del Castillo, calificada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Fue descubierta en 1903 por H. Alcalde del Río y ha sido objeto de numerosos trabajos arqueológicos cuyos resultados son referentes científicos para la comprensión del desarrollo y comportamiento humano durante la Prehistoria en el sudoeste de Europa. Se ubica a poco menos de kilómetro y medio de Puente Viesgo, accesible por una estrecha carretera que goza de un bello paisaje.
El interior de la cavidad (que desciende unos 18 metros de la entrada) contiene 275 figuras, todas ellas correspondientes a los albores de la presencia del Homo sapiens en Europa. Los animales más representados son los ciervos, caballos, bisontes y cápridos. También encontramos pinturas rupestres con un componente mágico-religioso.
Aunque si de pinturas rupestres hablamos el referente es Altamira. Descubiertas por Marcelino Sanz de Sautuola en 1879, las pinturas se ubican en una cueva próxima a Santillana del Mar, a tan solo dos kilómetros de distancia por la CA-134. Su descubrimiento estuvo rodeado de polémica entre los arqueólogos por su autenticidad, ya que no creían capaces a los hombres prehistóricos de realizar unas pinturas tan perfectas. Por desgracia hoy sólo se puede visitar un réplica porque las célebres pinturas corren el riesgo de desintegrarse.

Villas medievales
Al salir del Museo o Neocueva camino por las calles de Santillana del Mar, la ciudad de las tres mentiras porque ni es villa, ni es santa, ni tiene mar. Numerosos peregrinos transitan por el camino del Norte, el único que ha permanecido abierto, incluso durante la invasión musulmana, que como es sabido, no llegó a estas tierras.
Junto a Puente Viesgo y Santillana del Mar, el tercer punto cántabro del camino Xacobeo es San Vicente de la Barquera que, como sus predecesoras tiene un casco histórico eminentemente medieval.
Municipio ligado al mar, San Vicente de la Barquera posee un rico patrimonio; las ruinas de la casa de los Corro, el hospital de la Concepción, la torre de Preboste, y restos de la muralla y las puertas medievales.
En este enclave me dejé seducir por los ricos mariscos del Restaurante Maruja que, durante tres generaciones, ofrece exquisitos frutos del mar. Un colofón maravilloso para esta escapada cultural por tierras de Cantabria.

Publicado en nuestra edición número 45 de noviembre 2013


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