Los 32 rumbos - revista on line de viajes


Pisa… y sin embargo se mueve

En el corazón de la Toscana

Al noroeste de la Toscana, extendiéndose sobre la llanura del río Arno, se enclava la ciudad de Pisa. Es una etapa obligada en un recorrido artístico por Italia. Sus iglesias, palacios y edificios más emblemáticos encierran son joyas del románico pisano entre las que destaca su monumento más universal: La Torre Inclinada, desde la que Galileo realizó diferentes experimentos.

Texto: Josep Guijarro Fotos: Josep Guijarro

La intensa lluvia no le restaba ni un ápice de interés a mi visita a Pisa. Un rayo de sol se filtraba por los densos nubarrones iluminando una de las riveras del río Arno. Las fachadas de muchos de los edificios evocaban la época renacentista cuando esta ciudad italiana vivía en todo su esplendor y albergaba en su seno a intelectuales, artistas y científicos. Uno de ellos –seguramente el más universal- es Galileo Galilei que fue objeto de un sumarísimo juicio inquisitorial por sostener que la Tierra no era el centro del Universo. Este personaje va a ser objeto este año de diversas iniciativas en la ciudad con motivo del 445 aniversario de su nacimiento y del año Internacional de la Astronomía.
Me interné por I Lungarni (calles a lo largo del Arno) en dirección a la Osteria Porton Rosso, un establecimiento especializado en la cocina Toscana donde esperé a que amainara con una copa de prosecco, un vino blanco espumoso que recuerda poderosamente al cava, y un plato de pasta giglio aderezada con frutos del mar. Siempre me ha sorprendido el dominio que los italianos tienen de la pasta. Resulta imposible saber el número exacto de variedades que se pueden encontrar en el mercado pues cada productor, a parte de los formatos más comunes, tiene su especialidad.

EN EL CORAZÓN DE PISA
Tras el ristreto de rigor puse rumbo a la Piazza Garibaldi. Ubicada frente al Ponte di Mezzo y la Torre dell’orlogio, esta plaza es la mejor entrada al centro histórico de Pisa. Allí me había citado con Lorena, una historiadora del arte de origen valenciano que iba a ser mi guía por la ciudad. Mientras aguardaba su llegada me detuve frente a la estatua de Garibaldi, el libertador de Italia, que se halla en el centro. Pude darme cuenta de la frenética actividad que me rodeaba en este lugar de paso entre las dos riveras del Arno. En uno de los rincones descubrí con asombro una preciosa talla en madera de la virgen. “Se trata de la Madonnina col bambino, de Nino Pisano”- me susurra la dulce voz de Lorena a mis espaldas. Tras las oportunas presentaciones me continuó explicando que en Pisa todo rebosa arte aunque, en ocasiones, ni los propios pisanos lo valoren suficientemente. Y doy fe de ello pues la carcoma estaba dándose un banquete con la mencionada Madonnina, del mismo modo que muchos edificios históricos acusaban el paso del tiempo dotando a las callejas de un aire decadente que me recordaba poderosamente a Nápoles.

EL CENTRO HISTÓRICO
Camino de la Piazza dei Miracoli, dejamos atrás la impresionante fachada de la iglesia de Santa Caterina que exhibe numerosas obras de arte como la tumba del obispo Simon Saltarelli esculpida por Nino Pisano, o la tabla a témpera de Francesco Traini titulada El triunfo de Santo Tomás deAquino.
Mención a parte merece la Piazza dei Cavalieri, corazón intelectual de la ciudad que se halla situada en el barrio de Santa María. Se trata de uno de los lugares más movidos de Pisa, usualmente frecuentado por jóvenes y estudiantes pues en este emblemático enclave se erige la Scuola Normale Superiore, una de las más antiguas universidades italianas. Su fachada es singular pues está cubierta completamente de follaje elaborado en mármol. Un friso de hornacinas con los bustos de seis Medici y varias cruces de los caballeros que recibían aquí su instrucción. En esta misma plaza podemos admirar diversos palacios e iglesias como la de San Roque que exhibe en su fachada unos frescos renacentistas o el Palazzo dell Orologio (Palacio del Reloj), construido por el arquitecto Vasari en 1607. En este edificio se incorporaron los restos de una torre en la que, después de la derrota de la Meloria, el conde della Gherardesca fue condenado a morir de hambre con sus hijos. Lorena me recuerda que Dante evoca este suceso en su Divina Comedia. Aunque confieso que mi interés derivó en otro de los extremos de la plaza donde se erige la iglesia de San Stefano, decorada con mármol de tres colores y una vistosa cruz de Malta. Y es que San Estéfano era el patrón de la Orden Militar de Marina de los Caballeros de Santo Stefano que se estableció en Pisa en 1561 por voluntad Duque de Toscana, Cosimo I de Medici. La Orden se fundó oficialmente para defender las costas de Toscana de la piratería sarracena, para repeler los ataques de la armada turca y para defender los fundamentos y el espíritu de la Cristiandad en el Mediterráneo.

EL ICONO: LA TORRE INCLINADA
Muy cerca de allí, en el corazón de la ciudad, se halla la Piazza dei Miracoli con el espectacular Duomo y el monumento más emblemático de la ciudad: La torre inclinada de Pisa.
Cientos de japoneses posan en los alrededores con su mano extendida para realizar la más típica y tópica de las fotografías. La que parece sujetar la torre para evitar que se caiga. Y es que este singular campanario se levantó en 1174 sobre un suelo inestable lo que provocó que la torre adquiriera su característica inclinación. Tras siglos de descuido y de visitas incontroladas los expertos detectaron que el campanario se había inclinado 4,5 metros respecto a su eje y en enero de 1990 las autoridades la cerraron al público ante el riesgo de derrumbe.
Pocos saben que el padre de la astronomía moderna empleó la Torre inclinada de Pisa como escenario de sus demostraciones públicas. Al parecer, en una de sus clases, subió con sus alumnos hasta lo más alto para dejar caer, desde allí, varios objetos; balas de cañón y balas de mosquetón así como bolas de oro, plata y madera. Todo el mundo esperaba que los objetos más pesados cayeran más rápido. Pero no fue así. Todos tocaron tierra al mismo tiempo y, de esta manera, hizo un gran descubrimiento: la gravedad acelera a todos los objetos del mismo modo, independientemente de su masa o composición.
Tuve el privilegio de ascender los 293 escalones que conducen a lo alto de esta construcción medieval aunque no llevaba conmigo ninguna pesada bola. Todo lo que llevé conmigo era la cámara porque, desde lo alto de esta privilegiada atalaya a la que, desde 2002 (tras una década cerrada al público) pueden subir treinta personas por espacio de media hora -previo pago de 15 euros-, se disfruta de una estupenda panorámica de la bella ciudad toscana y, especialmente del llamado Campo dei Miracoli donde se erigen -como dije- la catedral o Duomo y el Baptisterio de San Juan.
Ambas construcciones merecen una visita sosegada. El impresionante Baptisterio de San Juan, de estilo románico-pisano, fue construido en 1152 y la catedral o Duomo cuya fachada está decorada con finos motivos geométricos, incrustaciones y mosaicos policromados de mármol y cerámica vidriada. Las puertas son de bronce representando la vida de la Virgen y la vida de Cristo.

UN CEMENTERIO MONUMENTAL
En los alrededores de estas impresionantes construcciones se halla el cementerio monumental que comenzó a ser construido en 1277 por Giovanni di Simone. El solar está delimitado por una larga hilera de arquerías ciegas románicas que forman el muro meridional interrumpido por numerosas puertas.
Fue concebido en su origen como una especie de catedral con su nave central al descubierto pero se abandonó la idea y terminó convertido en camposanto. Se dice que los cruzados trajeron la tierra para las sepulturas desde el Gólgota en el siglo XIII. En su interior podemos contemplar más de 600 lápidas, muchas de ellas grecorromanas y tumbas de personajes relevantes como Fibonacci.
No puedo abandonar Pisa sin regresar al Lungarni y visitar la cuna del gótico pisano; me refiero a la iglesia de Santa María della Spina, una singular construcción cuyo aspecto asemeja un relicario.
Su fachada está elaborada en mármol blanco y rosa, en estilo gótico.
La única sala que sirve de nave y presbiterio se halla bien iluminada por una fila de ventanas geminadas que ofrecen al interior un aspecto acogedor donde podemos contemplar una Virgen con el Niño de gran belleza.
Con mi espíritu sereno y los recuerdos eclipsados por tanta belleza encamino mis pasos al hotel Bologna donde haré noche. Lamentablemente sólo estoy de paso en esta ciudad, camino de otros destinos de la Toscana que me depararán otras aventuras y generarán nuevos recuerdos, pero estoy seguro que la fuerza de los enclaves visitados y el espíritu abierto de sus gentes, han movido algo en mi interior, un anclaje que me impulsará a regresar muy pronto.

Publicado en nuestra edición número 2 de diciembre 2009


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