Los 32 rumbos - revista on line de viajes


Los señores de las alturas

Un recorrido por los castillos occitanos

Los castillos cátaros se erigen sobre escarpadas cumbres que, a menudo, se hallan más cerca del cielo que de la tierra, conformando un escenario natural de singular belleza y un desafío arquitectónico.

Texto: Patricia Hervías Fotos: Josep Guijarro / Agencias

Admito que iba con la mente en blanco, no estaba contaminada por ninguna historia o imagen preconcebida sobre lo que me iba a encontrar en ese primer viaje a la tierra de los Hombres Buenos. El Languedoc me esperaba como el niño recién nacido al que hay que enseñarle cada paso que da. Yo era aquella que aprendía a caminar entre castillos y viejas leyendas.
Viajé en septiembre y el tiempo no era plácido. Los Pirineos franceses son igual de poco apacibles que los de nuestro lado. El frío y la humedad se metía en cada uno de mis huesos. Admito que esperaba otra cosa, pero al cruzar por el paso de la Jonquera, comprendí que el lugar donde me dirigía era un lugar de película, un sitio donde la imaginación y la realidad se unirían en un extraño juego de imágenes
difíciles de precisar.
Los paisajes verdes que se definían a mi alrededor, jugaban libremente con piedras y aguas, a un lado de la carretera que discurre sinuosa junto al río Aude. Aquella imagen quedó tan metida dentro de mi retina que no resistí a incluirla como escenario de mi novela, La sangre del Grial, donde describo algunos otros de los lugares de aquella primera incursión por el país cátaro.
Algo que aprendí de mis varias visitas a la antigua occitania es que el paisaje cambia constantemente.
Podrás viajar en verano o invierno, los castillos están en el mismo lugar, las piedras no se han movido, la historia tampoco, pero la sensación de estar en un sitio diferente es definitivamente real. Tan real como mi llegada a un moderno Béziers. Y digo moderno porque la actual villa, primer punto de la gran caza de cátaros, evoca hoy otras etapas más modernas –como la revolución francesa- que a aquel lugar de matanza y ejecuciones del medievo. A mi personalmente me decepcionó, aunque le reconozco atractivos como su plaza de toros, o sus mercados, su orientación al turismo de aventura o su gastronomía.
La esencia del país cátaro no radica sólo en su paisaje. Reside en su historia, en sus castillos. Robustas construcciones que, a menudo, se sitúan más cerca del cielo que de la tierra, como el de Lastours, que se divisa desde la carretera entre
escarpados picos de la Montaña Negra. En realidad me costó distinguir realmente que se escondía allí, entre las nubes. Parecían cuatro torres, más que cuatro castillos, que conforman una atalaya desde la que admiraremos la magnificencia, ya decaída, de Cabaret, Tour Regine, Surdespine y Quertinheux que
parecen querer renacer de entre las piedras en las que se encuentran posados.

Mirando desde abajo.
Si lo miramos desde otro punto de vista, no sólo el estratégico, parece que los castillos mejor guardados de la ruta cátara estaban casi colgando de alguno de los riscos más peligrosos o en montañas de gran altura.
Y eso es, precisamente, lo que sucede con Peyrepertuse. Situado en una cresta rocosa natural, se esculpieron en la misma piedra donde se asienta, las que se
convirtieron en ventanas. En dos acantilados, de Oeste a Este fue creada esta “Piedra Penetrada” (su traducción del francés). Desde su interior se distinguen mucho mejor la explanada, torres, plazas, casas, una capilla, un castillo interior... todo ello en ruinas. Tuve la suerte de ir en un día de verano, sin nubes, lo que me permitió ver el Mediterráneo desde una perspectiva privilegiada.
Muy cerca de ese emplazamiento, se encuentra Quéribus un símbolo que permanece en pie desafiando las leyes de la gravedad. Y debo confesar que mi primera visita al castillo fue bastante accidentada, ya que, al
final, no fui capaz de salir del coche a causa de los vientos que sacuden con violencia el entorno del castillo. Su construcción data del siglo XI. Este alcázar defendía simultáneamente las Corbières y las Fenouillèdes y tiene el honor de ser el último bastión del catarismo, e hijo de Carcasona junto con Aguilar, Peyrepertuse, Puylaurents y Termes.
La meteorología que rige allí siempre es inclemente. La lluvia y el viento impidió adentrarme en su interi or, pero no una segunda vez que pude contemplar la sala principal de estilo gótico, iluminada por un gran ventanal. Y en contra de lo que se pueda imaginar, al ver su imponente exterior, su interior es absolutamente bello con un magnífico pilar que retiene la bóveda nervada de cuatro cruzados de ojivas, en forma de palmera.

Lugares de leyenda
Tras dejar atrás el eólico castillo de Quéribus, y con él una mañana llena de sensaciones, el hambre y la sed se presentaban con fuerza. Lógicamente, avisar a los viajeros, que el único país donde se come tarde es España, por lo cual aconsejo que para comer lo hagamos a partir de las 13 horas para poder reponer fuerzas con una magnífica cassoulet, cuya invención se disputan Carcassone, Toulouse y Castelnaudary, que es parecida a nuestras fabes pero con pato o cerdo que, acompañado de vino tinto, en concreto un Thierry Navarre, Laouzil, del 2003, se puede convertir en un almuerzo perfecto. Y es que es necesario reponer fuerzas para ascender a nuestro próximo destino: Lapradelle, un pueblecito situado en la frontera de los Pirineos orientales, donde se ubica el magnifico castillo de Puylaurens. Otro de los hijos de Carcassone, que se encuentra extrañamente posado sobre una pirámide que domina el camino entre el Languedoc y el Rosellón, el Monte Ardú. Es uno de los emplazamientos que más estructuras intactas mantiene. Su interior está dominado por un patio de 50 m. de largo por 25 de ancho donde la imaginación sitúa justas y mercados así como leyendas de pasión. Se cuenta que por culpa de un difícil amor, la Dama Blanca, nieta de Felipe IV de Francia, murió con pena y ahora viene por las noches pálidas a pasear sus vaporosos velos por el camino de ronda de las desmanteladas almenas. Y de la leyenda a la realidad, este lugar, Puylaurents sirvió de
refugio temporal a los cátaros en la cruzada contra los albiguenses.

Montségur: símbolo del catarismo
Aplacé para el último día mi visita al “Castillo”, en mayúsculas. Tres veces he viajado a ese lugar y tres son las fortalezas que mis ojos han contemplado, dependiendo de la época del año. Cerca del pueblo de Lavelanet, y a los pies del pueblo del mismo nombre, se levanta magnificente y porte orgulloso, Montségur. No fue el último bastión cátaro -como muchos dicen-, pero si el gran templo caído o el gran estandarte del catarismo. En la pequeña llanura que precede a la empinada cuesta de acceso descubriremos una estela que recuerda que, tras diez meses asedio, 220 cátaros, que nunca renegaron de su religión, fueron quemados. Nunca faltan flores frescas. Del recuerdo a la ascensión. Una subida de 1.207 metros, repleta de escaleras de piedra, húmedas en invierno, que nos llevarán hasta el cielo.
Subí por primera vez en septiembre. Admito que culminar aquel pog (pico en francés) fue impresionante. Cuando crucé la puerta de aquel bastión quedé nublada, no sé si por la falta de oxigeno, tras el esfuerzo o por alguna otra razón misteriosa.
En su interior impera la simpleza. A la izquierda, la torre del homenaje y tres escaleras, nos conducirán a las murallas, aun puedes visitar una de ellas. La vista es impresionante. El pueblo de Lavelanet se presenta ante nosotros al igual que las ruinas de Roquefixade. Por otro lado, en la torre del homenaje nos podemos encontrar la cisterna así como un arco usado como último instrumento de defensa.
Uno de los momentos más importantes en el castillo se vive durante el solsticio de verano, cuando los primero rayos de sol atraviesa las saeteras de la zona Este iluminando el lado opuesto del castillo por estar orientado al astro rey. Este momento del año es de los más espectaculares, aunque el castillo tiene varios; la primavera lo inunda todo de colorido, de flores y verde, de vida de ganas de salir a la luz.
Recomiendo comer en el pueblo de Montségur. Allí sus platos típicos hacen que revivas toda su historia. Sus sabores y olores recuerdan a campo, a romero, y otras hiervas llenas de recuerdos…
En verano el sol lo calienta todo, dejando una visión tremendamente clara y lucida. El otoño, por el contrario, es duro y húmedo. La primavera es una eclosión de color y el invierno, finalmente, cubre todo con un espeso manto blanco dejando el castillo, muy a menudo, por encima de las nubes, como trasportándolo a otro mundo. Dependiendo de la estación del año la ruta cátara cambia su aspecto. Cuatro visiones distintas. Cualquiera de ellas es válida, pero hay que conocerlas todas para decidir cuales son tus colores favoritos y qué zona de los “señores de los aires” quieres que forme parte de tu vida. Yo, me quedo con las cuatro. Cada una tiene su encanto.

Publicado en nuestra edición número 14 de febrero 2010


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