Los 32 rumbos - revista on line de viajes


República Dominicana

Puerta de entrada al Caribe

Más allá de sus paradisíacas playas en Punta Cana o Bávaro, salpicadas de cocoteros, fina arena coralina y aguas de azul intenso, La Española nos reserva todavía muchas sorpresas. Ostentosa de un glorioso pasado, Santo Domingo -por ejemplo- nos ofrece historia, gastronomía y ocio a raudales. Exploramos esta isla que vive al ritmo de la bachata y el merengue para sumergirnos en la magia del mar Caribe.

Texto: Josep Guijarro Fotos: Josep Guijarro

Las cuatro de la madrugada. Es lo que tiene el jet lag que abres los ojos cuando tus biorritmos creen que es de día, pero el Sol aún no ha salido en la República Dominicana. Por mucho que el trayecto en la Business Plus de Iberia me haya ayudado a descansar y llegar entero a este idílico país de cocoteros, playas de fina arena coralina y aguas con todas las gamas de azul conocido, mi reloj interno me invita a levantarme. Y no imagináis como lo siento porque amanezco en la cama del confortable Barceló Santo Domingo, un hotel que ha renovado recientemente sus habitaciones y que está situado a tan sólo 30 minutos del Aeropuerto de las Américas. Este hotel urbano goza de todas las comodidades para seguir durmiendo en su magnífica cama king size pero mi cuerpo pide marcha.
Volveré a este hotel al final de mi periplo dominicano. Se da la extraña circunstancia de que Santo Domingo, la capital de este país, es todavía una de esas ciudades desconocidas al turismo de masas porque la mayoría viajan directamente a sus resorts en Punta Cana o Playa Bávaro para disfrutar, casi en exclusiva, de playas, sol, las discotecas y el ron, que fluye a raudales en los todo incluido.
Como también quiero vivir esa experiencia, alquilo un coche privado y pongo rumbo a Playa Bávaro. He reservado habitación en otro Barceló: el Bávaro Palace de Luxe que fue de los primeros en establecerse en este paradisíaco enclave de aguas cristalinas. Sus dos kilómetros de playas y su régimen de todo incluido, con habitaciones amplias y jacuzzi me resultan un argumento más que convincente para disfrutar de mi experiencia en el Caribe.

Playa Bávaro
Me separan tres horas en automóvil hasta la paradisíaca Playa Bávaro, que fue declarado por la UNESCO como una de las mejores playas del mundo. He previsto una parada en San Pedro de Macorís porque esa es la banda sonora que me acompaña. La música de Juan Luis Guerra sigue siendo un referente inmortal en esta isla, y es gracias a la canción del mismo título que conoceré una verdadera “maravilla”. Y es literal, pues entre San Pedro de Macorís y La Romana fue descubierta en 1926 la Cueva del Jaguar, rebautizada en los albores del año 2000 como la Cueva de las Maravillas. Alberga impresionantes formaciones geológicas y más de 500 pinturas rupestres que nos dejaron los pobladores aborígenes. Los taínos procedían del Delta del Orinoco y poseían un complejo sistema de creencias que incluía la transmigración de las almas. Me asombro al contemplar el llamado Ritual de la reencarnación, una serie de pinturas que nos muestra al dios Maquetauri junto a una mujer decapitada y como su espíritu se eleva.

Excursión a isla Saona
Antes de llegar a Playa Bávaro atravesaré La Romana, Higüey (donde se erige la Basílica de la Nuestra Señora de Altagracia, de gran culto en la isla) y La otra banda, un curioso pueblecito que exhibe unos curiosos puestos de carne a ras de carretera.
Tras instalarme en la gigantesca habitación del Barceló Bávaro Palace de Luxe me informó de las actividades que puedo realizar aquí, con independencia del tiempo que quiera dedicar a las playas, sus maravillosas piscinas, el lujoso spa o el gimnasio.
Opto por vivir la experiencia de Isla Saona, una de las más vendidas. Dicen que su nombre procede de la Sabonesa porque así la bautizó un marino italiano, a las órdenes del Almirante Colón, cuando la avistó por primera vez. Ahora es el Parque Nacional del Este y es donde Ponce de León buscó la fuente de la eterna juventud. Un agradable viaje en catamarán, donde no falta el ron ni el merengue, me llevará a este refugio de antiguos piratas, en el que las estrellas de mar salen a tu alcance y es posible vivir experiencias idílicas.

Santo Domingo, la gran desconocida
Mi estancia en Playa Bávaro se prolongaría unos días antes de que decidiera regresar a Santo Domingo para llenarme de cultura.
Y es que merece la pena dedicar un par de días a explorar el casco histórico de la capital de la República Dominicana. No en vano aquí se erige la primera catedral de América, la primera Universidad, el primer hospital, el primer castillo... porque fue La Española el primer puerto en el que Cristóbal Colón efectuó su desembarco en el Nuevo Mundo.
Sucedió el 5 de diciembre de 1492. Tras atracar en la isla decidió explorar hacia el norte, con tan mala fortuna que su embarcación, la Santa María, encalló en un banco de arena; su madera sirvió para erigir un fuerte bautizado como La Navidad, en el que dejó una guarnición de 39 hombres mientras él regresaba a España.
Su hermano, Bartolomé Colón, fundaría Santo Domingo en 1496, la “puerta de entrada al Caribe”.
Hoy podemos visitar algunos de los monumentos históricos de aquel periodo, como la Catedral Primada de América, caracterizada por sus sólidas paredes y sus tres puertas, dos de ellas góticas en contraste con la tercera y principal de estilo plateresco. Aquí, según la tradición, fue enterrado el Descubridor hasta la construcción del Faro Colón, un feo edificio con planta de gigantesca cruz, destinado a albergar su mausoleo en disputa con el de la Catedral de Sevilla... pero esa es otra historia.
Me dirijo ahora a la Plaza de España caminando por la calle de Las Damas. Disfruto de las bellas fachadas coloniales y los edificios emblemáticos, como el Mausoleo Nacional, que tiene su origen en un Monasterio Jesuíta construido en 1.976, aunque también fue un almacén de tabaco y un teatro, antes que el dictador Trujillo lo restaurara como mausoleo de los líderes militares y políticos de la nación. Aquí pende una lámpara de caoba que, según me cuentan, fue regalada por Franco. “Dios los cría y ellos se juntan”, atiendo a pensar.

Paseando el centro histórico
Un poco más adelante se erige el Alcázar de Colón, construido en un solar sobre los farallones que miran al río Ozama. Fue concebido como residencia del hijo del descubridor, Diego de Colón y ser la sede del virreinato de América.
De estilo gótico mudéjar, el Alcázar posee también algunas características renacentistas, visibles en sus arcadas. El edificio se construyó utilizando mampostería de rocas coralinas y hoy día funciona como museo. De sus 55 habitaciones originales sólo se conservan 22.
Mi visita terminará paseando por la única vía peatonal de Santo Domingo, la calle El Conde. Debe su nombre al Conde de Peñalva. Empieza en el Monumento Puerta del Conde y finaliza en la aludida Calle Las Damas. Aquí aparecieron los primeros edificios de hormigón, art decó. En la actualidad está repleta de comercios, hoteles y restaurantes, en contraste con algunos edificios abandonados.
Hablando de restaurantes... Va siendo hora de degustar la rica gastronomía caribeña, entre la que cabe destacar el Sancocho (sopa de cacao y plátano yuca) el Mofongo (plátano asado con chicharrones, que en realidad, es un plato puertorriqueño) y otras exquisiteces, como el filete de res. La cocina dominicana presenta características de una cocina criolla, es decir, de origen europeo pero desarrollada en América con influencias africanas. Desde el restaurante Adrian Tropical disfruto de unas vistas del litoral que aquí no tiene playa. Paradójicamente los dominicanos tienen que desplazarse 20 Km. para acercarse a la playa más cercana, la de Boca Chica.

La noche dominicana
Y si interesante resulta el día en Santo Domingo, no menos estimulante se presenta la noche. Y quiero hacer notar en este punto que, en los grandes resorts de Playa Bávaro o Punta Cana, es difícil interaccionar con los habitantes de esta preciosa isla caribeña. Los hoteles están poblados de españoles, de alemanes, de americanos, de rusos... sólo el servicio es del país. La visita a la capital permite, por tanto, disfrutar del calor de las gentes de este país, siempre abiertas, amables y simpáticas. En mi incursión por el ocio nocturno de la ciudad me acompañarán Ángela y Verónica, dos atractivas jóvenes dominicanas que conocen bien los locales de moda, casi siempre con música en vivo, donde beber los mejores Mojitos o disfrutar del mejor merengue y la bachata.
De noche, la plaza de España ha cambiado su aspecto. Decenas de velas presiden las mesas de quienes cenan a la luz de las estrellas con el Alcázar de Colón como telón de fondo. El silencio ha cedido su protagonismo al son de la música caribeña. Me llama la atención un curioso local llamado Grillo Bravo, donde sus clientes fingen playbacks al son de la música house subida de decibélios. Más abajo, en las atarazanas, otro local nos brinda sus mojitos y los pegadizos merengues en vivo. Ahora entiendo a la perfección el embrujo de esta tierra que lo tiene todo, hospitalidad, proximidad idiomática, a pesar de la diversidad étnica, un clima envidiable, unas playas paradisíacas, unas aguas cristalinas y la magia de la Historia.
No sé cuando. Pero volveré. Porque como dejo escrito Cristóbal Colón “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto jamás”.

Publicado en nuestra edición número 17 de julio 2010


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