Los 32 rumbos - revista on line de viajes


Cracovia

La joya de Polonia

El aire en Cracovia se respira de manera distinta en cada una de las estaciones del año. A finales de otoño, una fina capa de nubes visita las calles de la ciudad dotándola de una atmósfera casi teatral. No es extraño que sea, pues, el principal punto del turismo polaco. A orillas del río vístula despliega todos sus encantos y todo su esplendor, conquistando a los más exigentes.

Texto: Patricia Hervías Fotos: Josep Guijarro

No exagero si digo que Cracovia es una de las ciudades más bonitas de Europa. Cuando uno llega a esta localidad polaca, puede sentir la tentación de compararla con otras que formaron parte del imperio Austro-Húngaro, especialmente por la magnificencia de algunos de sus monumentos y construcciones más representativas, pero Cracovia tiene una personalidad propia, un magnetismo especial que la ha convertido en el principal destino turístico del país. Su centro histórico fue declarado en 1978 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. No en vano, su belleza la ha salvado de sucesivas invasiones a lo largo de la historia, algo que, por ejemplo, no sucedió con Varsovia, salvajemente arrasada durante la II Guerra Mundial.
Las atrocidades de la Gran Guerra siguen atrayendo a Polonia a miles de visitantes. La proximidad con Oswiecim, donde se erige el campo de concentración de Auschwitz-Brikenau, sirven de excusa para recalar aquí. También la vinculación del Papa Juan Pablo II con esta antigua capital de Polonia es motivo de que un gran número de turistas lleguen hasta este rincón armados de devoción. Yo, sin embargo, traté de olvidarme de todo lo esto. Hice un reset y me encontré paseando por una porción del país que respira calidez por todas sus calles, tiendas y rincones.
La calle Grodzka estaba repleta de pequeñas tiendas, de restaurantes y monumentos arquitectónicos de gran relevancia, como las iglesias de San Pedro y San Pablo, construidas por iniciativa de Piotr Skarga. En su cúpula es visible un péndulo de Foucault. También me sorprendió la iglesia de San Andrés, templo románico del siglo X que constituye una de las edificaciones más antiguas de Polonia. Y así fue como mis pasos me llevaron hasta la Plaza Mayor, la Rynek Glowny.

Toque Cracoviano
Se trata de la mayor plaza medieval de Europa. Estaba repleta de gente, parecía sentirme como en casa. Sin vacilar, crucé la plaza rumbo a la Iglesia de Santa María Virgen. Junto al pórtico barroco me esperaba Dominika, mi guía en Cracovia, para ascender juntas a la torre mayor del templo. Se trata de una torre con leyenda, ya que nos habla de la historia de envidias entre dos hermanos para construir la torre más alta (el templo tiene dos de altura desigual) que termina con un asesinato. Trepé hasta el “cielo” por unas empinadas escaleras de madera. Bueno, en realidad conducen a la parte alta de la torre donde un bombero vigila la ciudad... con su trompeta. Kazimierz, el bombero que ése día estaba de guardia, me explicó que cada hora tocaba el Toque Mariacki o toque cracoviano.
La historia se remonta al siglo XIII cuando los tártaros atacaron la ciudad y el centinela que los vio llegar hizo sonar su trompeta con lo primero que le vino a la cabeza. No es, por tanto, un aviso de zafarrancho sino una melodía. Los guerreros tártaros, al escucharlo traspasaron la garganta del trompetista con una certera flecha, cortando de golpe su aviso. Para recordar la muerte de tan valiente centinela, el cuerpo de músicos de los bomberos de la ciudad, monta guardia todos los días para que cada sesenta minutos, intérpreten con su trompeta esa misma pieza música que no termina. Se corta en el instante que la flecha, supuestamente, cruzó la garganta de ese hombre. Además, a mediodía, la radio nacional, a través de un antiguo micrófono marconiano que aun funciona, conecta para todo el país con la torre.
Desde esa altura, Cracovia se divisa con la fuerza de la capital que en otro tiempo fue. Ciudad de política, cultura y universidades que mantiene intacto el halo de magnificencia que durante épocas imperiales se posaban entre sus muros. La iglesia que sustenta esta torre, Santa María Virgen, Bazulika Mariacka, tiene el altar medieval de madera más alto de toda Europa, el Wit Stwosz tardó en realizarse 12 años.
Atraída por el sonido de un coro me marché de la iglesia y aparecí en la pequeña plaza de Mariaki. El sonido procedía de otro cercano templo: el de Santa Bárbara. Frente al mismo se erige una fuente, obsequio de los artesanos locales, que otorga al conjunto un aspecto medieval.
Después me dirigí al centro de la plaza y comencé a tener una perspectiva de la torre del Ayuntamiento, de la iglesia de San Adalberto, el mercado de la lana y el Adán. Lo cierto es que las casas que rodean el mercado, tienen siglos en sus cimientos y es posible que después del “lavado de cara” al que han sido sometidas, no lo aparenten.

El Adán
El mercado de la lana, en el centro, está lleno de puestos para llevarse un recuerdo de la ciudad. Me lo imaginaba en el siglo XIII… Dos hileras repletas de tenderetes con paños. Fue en el siglo XIX cuando se le dio la forma de la que hoy disfrutamos. Pero no acaba aquí el recorrido por esta bella localización, pues al salir del mercado una torre se yergue altiva, la del Ayuntamiento. Solitaria, ya que es lo único que queda de esta edificación del siglo XIII y tiene al otro lado del mercado, la Iglesia de San Adalberto, que según cuentan es del siglo X.
Ya es muy tarde y me encamino al hotel Stary, en la cercana calle Szczepaska, mientras paso por la obra de arte del poeta Adam Mickiewcz. Esta estatua forma parte de la vida amorosa de los cracovianos, ya que es tradicional que la primera cita sea en este punto. Me alejo mirando como un atractivo joven tiene entre sus manos una rosa roja y mira impaciente su reloj. Admito que esperé un rato mirándole disimuladamente para ver la reacción de la cita, pero el frío y el cansancio hicieron mella en mí. Le dejé aún mirando la hora.

Cracovia Judío
Subida en un taxi, quise hacer una rápida visita al barrio de Podgórze, donde se encuentra hoy aun la fábrica de Oskar Schlinder. Este barrio está al otro lado del río Vístula, y aunque ya existía desde la época del imperio Austriaco, durante la guerra todos los católicos fueron “invitados” a marcharse de allí para instalar a los judíos. Con el cielo gris, el frío y las grises construcciones, tenía la sensación de haber cambiado de época, de escenario y de vestimenta para pasar a formar parte de una película de las cientos que había visto. Encorvada, con la mirada perdida, podría ir caminando hacia el muro construido por manos judías a las órdenes de los nazis. Éstos, con perversa mente maquiavélica, idearon el muro con forma de tumba judía para que se sintieran muertos en vida.
Regreso a la época actual y camino con lentitud, me acerco a cruzar el Vístula para ir al Kazimierz pero antes me sorprende encontrar una plaza llena de grisáceas sillas de hierro. Vacías, solitarias que me hacen mirar alrededor y preguntar. Estoy en la Plac Bohaterów Getta, la Plaza de los héroes del gueto. Un lugar donde los alemanes seleccionaban a los judíos para llevárselos a los campos de concentración o matarlos. Hay historias estremecedoras comocuando los niños jugaban entre los charcos de sangre de los asesinados o los siempre emocionantes relatos de esperanza, como la de la Farmacia Pod Orlem (bajo el águila) que hoy es museo en la misma plaza, donde Tadeusz Pankiewicz escondía a judíos o intercambiaba información del mundo exterior.

Dragones y catedrales
Con la necesidad de cambiar de aires me voy a Wawel. Allí todo es especial. Su leyenda habla de un dragón que comía todo lo que se le ponía por delante. Un día los mejores caballeros del reino intentaron derrotarle, pero uno a uno cayeron entre sus fauces. Un simple zapatero ideó la fórmula perfecta, un cuero con forma de carnero lleno de azufre. Al comérselo, la sed se apoderó de tan horrible monstruo y después de beberse medio río, explotó. Cierto es que en todas las ciudades de la vieja Europa hay historias relacionadas con dragones pero sólo Cracovia muestra una de las costillas de la bestia en la fachada de la catedral.
Nada es sencillo en Cracovia, nada es simple en esta ciudad y mucho menos te irás de ella sin querer volver. Especialmente si te gusta la noche. Sí, porque al caer el sol cientos de clubs, bares y restaurantes abren sus puertas a una oferta de ocio tan buena como económica. El sitio más popular entre los estudiantes es el barrio judío donde precio de la cerveza es algo más barato y hay un buen ambiente. Alrededor de Plac Nowy tenéis bares, pubs y si os entra hambre estando de copas por allí podéis comprar el mejor “zapiekanka ze szczypiorkiem” en medio de la plaza, donde encuentras un edificio redondo bajo las estrellas.
En algunos locales se cobra la entrada y en algunos clubs hay que ir arregladitos. No dejes de probar los "Perros rabiosos" (vodka, tabasco y zumo de frambuesa) que se toman de golpe.
Hay muchos tipos de pubs (desde los decorados al estilo moderno, a los cubanos o comunistas. Los hay, incluso, adornados con relojes o máquinas de coser). Cada uno de ellos se esmera por tener una decoración y ambiente más original que el de su vecino y también música en vivo. Ninguno te dejará indiferente.

Publicado en nuestra edición número 21 de Noviembre 2011


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