Los 32 rumbos - revista on line de viajes


La Ruta del Císter

Monasterios con sabor templario

Tres monasterios son hitos protagonistas de la llamada Ruta del Císter en Cataluña; el de Poblet, el de Santes Creus y el de Vallbona de les Monjes. Visitamos estas “ciudades de Dios” en busca de claves relacionadas con los caballeros templarios.

Texto: Josep Guijarro Fotos: Josep Guijarro

Non nobis domine, sed nomini tuo da gloriam (No para nosotros señor, no para nosotros, sino para la gloria de tu nombre). Este histórico lema de los caballeros templarios les fue impuesto por su primer padre espiritual y reformador del Císter, San Bernardo de Claraval. Resume en pocas palabras el ideal y el propósito de la existencia de esta misteriosa orden de caballería medieval. Y lo mantengo vivo en la memoria mientras cruzo la plaza empedrada que da acceso al Real Monasterio de Santes Creus.
A primera hora de la mañana, el sol ilumina tímidamente sus paredes en un silencio apenas roto por mis pasos.
Hace tiempo que dejé de ver las iglesias y monasterios medievales como edificios exclusivamente religiosos. Su arquitectura encierra una singular simbología que proporciona claves para entender no sólo la espiritualidad del periodo sino, también, los más íntimos secretos que los iniciados de ambas órdenes monásticas guardaron celosamente en sus piedras... no en vano, la simpatía y afecto de los templarios por San Bernardo se extendió también a los Cistercienses, de manera que entre ambas órdenes se originó una especie de “fraternidad”. Así lo piensa el director del Archivo Nacional de Cataluña, Josep Maria Sans Travé quien añade que esta simpatía nace en los primeros pasos de la orden. De hecho San Bernardo fue su principal valedor, en enero de 1129, durante la celebración del Concilio de Troyes, convocado por el Papa Honorio II. El abad de Citeaux defendió allí la utilización de las armas para defender a los peregrinos y los reinos latinos de Palestina por estas personas consagradas a Dios y a la oración. Matar por Cristo ya no será pecado sino que reservará el paraíso.
Y los templarios jugaron un importante papel en la lucha contra los infieles, en nuestro país, por ejemplo, durante la Reconquista. De hecho, el monasterio de Santes Creus forma parte, junto con los de Poblet y Vallbona de les Monges, del conjunto de monasterios Cistercienses que se establecieron en Cataluña en la segunda mitad del siglo XII, como instrumento de reorganización y repoblación de las nuevas tierras conquistadas por la Corona de Aragón a los musulmanes.

Un monasterio ideal
En Clairvaux, San Bernardo impulsó su pensamiento y concretó el plano teórico de un monasterio Cisterciense. Si uno compara la planta del Monasterio de Santes Creus con el plano ideal dispuesto por el abad de Citeaux –el plano bernardino- apreciará una gran coincidencia en la distribución y la organización de los espacios. La visita a este monasterio iba, por un lado, a proporcinarme la posibilidad de aproximarme a los preceptos constructivos establecidos por San Bernardo y, de otro, comprobar el nivel de influencia o hermandad con los misteriosos monjes-soldado de la Orden del Temple.
Antes de visitar el monasterio, deshabitado desde la desamortización de Mendizábal, disfruto de un viaje en el tiempo mediante vídeos, sonidos y decorados que me transportan a conocer los entresijos de la vida monástica. En el Císter estaba prohibido el lujo, tanto en el vestido, como en la comida y en la vivienda, por lo que los monasterios se construyeron siguiendo líneas extremadamente austeras. Esta austeridad propició la creación de edificios desprovistos de decoración, en los que lo principal era la estructura arquitectónica en sí misma. Un nuevo estilo, el gótico, se ajustó perfectamente a los deseos expresados por estos monjes y la fundación de los monasterios Cistercienses favoreció la expansión del estilo por todos los rincones del continente.
Sabré que en el solar donde hoy se erige este impresionante monasterio ya existía una ermita dedicada a la Santisima Trinidad. En torno a este templo comenzarón las construcciones Cistercienses, entre ellas unas dependencias para la reina Petronila (hija del rey aragones Ramiro II, el monje), esposa del conde de Barcelona Ramón Berenguer IV.
Las obras de la iglesia no se iniciarán hasta el año 1174, junto con las de la sala capitular y el templete del lavabo, al tiempo que se traza el claustro Cisterciense (hoy desaparecido).
Dos fueron los abades que dieron el impulso definitivo al monasterio en el siglo XIII: San Bernardo Calvó, consejero de Jaime I (1213-1276), que acompañó al rey en las conquistas de Mallorca y Valencia, y el abad Gener, gran amigo del rey Pedro III el Grande (1276-1285). Otro gran abad fue Bonanat de Vilaseca que coincidió con el reinado de Jaime II el Justo (1291-1337), con el que el monasterio alcanzó su mayor esplendor cultural y expansión territorial.

Camino a Poblet
Para conocer más a fondo los detalles de la vida monástica me encamino a Poblet un monasterio de monjes Cistercienses que siguen la Regla de san Benito, desde su fundación, que se remonta al año 1150.
Tras ser suprimido en 1835, fue refundado en 1940 por monjes de la misma orden llegados de Italia. En la actualidad pertenece a la Congregación Cisterciense de la Corona de Aragón, de la cual forman parte también el monasterio femeninos de Santa María de Vallbona. En sus gruesas paredes viven en la actualidad 32 monjes profesos, un oblato regular y dos donados.
Siguen a rajatabla el precepto “ora et labora” (reza y trabaja). La jornada empieza muy temprano, con el rezo de Maitines o Vigilias: la tradición monástica considera que la noche es el espacio más propicio para el silencio, la escucha y la oración. Consiste en la recitación pausada de salmos, y lecturas de las sagradas Escrituras.Seguirán después las Laudes y Vísperas, horas diurnas que recuerdan a los monjes la Resurrección del Señor y en las Vísperas (con el ocaso) a meditar sobre su Pasión y Muerte. Las tres horas menores de Tercia, Sexta y Nona, se «resumen» en una sola plegaria hacia la mitad de la jornada: la Oración del mediodía, que consiste en el canto de salmos y una lectura breve. El monje cierra su jornada con la breve plegaria de Completas y un Salve a la Virgen.
Cuando el visitante tiene la oportunidad de entrar en este conjunto monumental se ve imbuido en “un mundo de formas, de tradiciones y de símbolos”, como dejó escrito Josep Pla. Desde los diseños del claustro a la planta de la iglesia, sin olvidar cada uno de los capiteles ornamentados con figuras y símbolos cuyo significado, a menudo, hemos olvidado y que encierran claves, oraciones y música.

Vallbona de les monjes
Si durante la Edad Media, las villas, los pueblos y las aldeas eran las ciudades de los hombres, los monasterios hacían la función de «ciudades de Dios». Me encamino a una de ellas, la última parada en la Ruta del Císter que me encamina hacia Montblanc, una impresionante localidad amurallada en cuyos alrededores se erige el cenobio Cisterciense femenino más importante de Cataluña. Sus muros atesoran 850 años de historia.
Desde el siglo XIII, Vallbona de les Monjes dispone de escuela monacal, donde recibían formación muchachas pertenecientes a la nobleza. En su interior había un scriptorium donde un grupo de monjas se dedicaban a copiar y ornamentar los códices.
La iglesia de este monasterio es un ejemplo fiel del estilo de transición que la Orden Cisterciense difunde en todas partes. Posee una planta en forma de cruz latina, de una sola nave, con un crucero muy pronunciado y los ábsides carrados. El techo de cruceros ojivales fue construido a principios del siglo XIV en sustitución de la bóveda románica.
Me llama la atención el cimborrio-campanario en forma octogonal acabada en pirámide que es un ejemplar único. Me trae a la memoria la girola de Tomar, en Portugal, el monasterio de Cristo de los templarios. Además de ser de una extraordinaria belleza, es una de las obras más atrevidas de la arquitectura medieval.
Mi incursión por la Ruta del Císter, en suma, me ha deparado en hallazgos singulares que demuestran la coincidencia de objetivos y preceptos entre la orden del Temple y los monjes Cistercienses. También me ha dado la oportunidad de conocer las tierras del interior de la Costa Daurada, olvidadas a menudo en favor de sus costas, demostrando el importante legado cultural y arquitectónico de unas tierras desconocidas por muchos.

Publicado en nuestra edición número 28 de Enero 2012


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