El misterioso ajedrez de Ager

Un tablero iniciático

En el siglo XIX fueron descubiertas las piezas de un misterioso juego de ajedrez en la comarca leridana de La Noguera. Habían sido esculpidas en cristal de roca. Las piezas poseían unas misteriosas inscripciones que, hasta la fecha, no han sido descifradas. ¿Para qué servía? ¿Pertenecían realmente a un ajedrez o, tal vez, a otro juego iniciático?


Un tablero de ajedrez milenario, cuyas piezas esconden las claves de una antigua fórmula ligada a la alquimia, la masonería y ciertos poderes cósmicos, es el hilo conductor de la conocida novela El ocho, de la escritora norteamericana Katherine Neville. A través de la historia del llamado ajedrez de Montglane muchos descubrimos que los escaques son algo más que un juego de estrategia, que poseen un aspecto incierto que probablemente los hacen perdurar como un ejercicio mental fascinante, una lucha entre dos albedríos en el que germina la filosofía del equilibrio sobre la que teorizó Schopenhauer.
Lo asombroso es que un tablero de ajedrez y sus trebejos, descubiertos durante el siglo XIX en la comarca leridana de La Noguera, objeto –por otra parte- de un trabajo multimedia de la Escola Politécnica Universitaria de Lleida, nos evoca el espíritu mágico del ajedrez de Neville y los misterios iniciáticos de la alquimia. Vayamos por partes.

El misterioso tablero de Àger
En 1821 veía la luz el Viaje literario a las iglesias de España, un libro del padre Jaime de Villanueva en el que daba cuenta de la existencia de 44 misteriosas piezas, esculpidas en cristal de roca, que pertenecieron probablemente a un milenario ajedrez. Se hallaban en el interior de una vetusta caja de madera en la colegiata de Sant pere d’Àger. Se trata de una iglesia románica situada en un lugar estratégico por dominar el paso a la Galia y al oeste peninsular a través del Coll d’Àger.
Como sea, el padre Villanueva rescató al tablero de Àger de setecientos años de olvido. Durante el movimiento cultural romántico de orientación regionalista llamado La renaixença, las instituciones civiles fueron a la búsqueda de referentes históricos de la grandeza medieval de Cataluña. En este contexto proliferaron numerosas asociaciones de excursionismo científico como la llamada Associació d’Excursions Catalana quien organizará, en 1887, una expedición al valle de Àger con objeto de recuperar las piezas de este curioso tablero y evitar su expolio. Así el prestigioso arqueólogo Josep Brunet i Bellet publicará, más tarde, el primer estudio científico sobre 14 piezas del tablero de Àger, despertando el interés de los coleccionistas de arte.

¿Dónde estaban el resto?
Algunas –me confiesa Jesús Lores, profesor de la Escuela Universitaria y coordinador del CD Rom titulado El ajedrez y el caballero- fueron compradas por Madame Béhague, condesa de París. Otras han ido a parar a manos de coleccionistas privados y museos, como el Nacional de Kuwait”.
Pero es que con independencia de su belleza, los trebejos del juego de Àger encierran un misterio. Sólo doce de las piezas han sido identificadas; cinco peones, dos alfiles, dos caballos, una reina, un rey y una torre. El resto no ha podido ser reconocido. Se especula que podían formar parte de piezas de mayor tamaño pues en su base es visible una sustancia rojiza cristalizada que probablemente sirvió de unión con “algo”. Y lo que es todavía más importante: casi todas ellas aparecieron primorosamente esgrafiadas. “Se dice que estas interesantes inscripciones corresponden al mundo árabe –asegura el estudioso José María Armengou- pero, a primera vista, reconocemos la flor de lis occitana.” Además, según el especialista Ceferino Rocafort, los musulmanes tenían prohibido utilizar representaciones de seres vivos... ¿Qué es entonces el juego de Àger? ¿Tal vez un alquerque?

Juegos iniciáticos
El alquerque es un juego similar a las damas que proliferó durante la Edad Media. Procede de Oriente Medio y el norte de África y debe su nombre a la expresión árabe al-qariq que significa “sitio plano cuadrado”. Es parecido al ajedrez a lo que astucia y táctica se refiere aunque cada participante disponía de doce o nueve fichas y no 32 como en el moderno ajedrez. El jugador tenía que saltar sobre las fichas contrarias y capturarlas. Disponía de algunas variantes simbólicas. Recorrer el tablero no era otra cosa que un iniciático “viaje al centro” del microcosmos personal.
Por otro lado está el ajedrez. Su origen se remonta al siglo VI y es atribuido a algún rey o reina de la India. Era muy distinto al moderno. El tablero no era de madera sino un paño en el que se habían bordado desde signos zodiacales a otros iconos de alto simbolismo esotérico.
Las fichas se repartían en los cuatro ángulos del “tablero” simbolizando los cuatro elementos (fuego al este, el agua al sur, al norte la tierra y al oeste, el aire). También se empleaban unos dados, representación del azar que delimitaba el movimiento de los trebejos. En ninguno de los casos el número de piezas halladas se corresponde con ninguna de las variantes del ajedrez ni del alquerque. Por si fuera poco, su descubrimiento se produjo junto a un báculo de bronce esmaltado del siglo XI y otros objetos de culto, -entre ellos un frasco de perfume- algo que no pasó desapercibido por el arqueólogo Brunet i Bellet, conocedor del esoterismo que, fuera de la ortodoxia académica imperante en su época, relacionó en otros trabajos la barretina catalana con el gorro frigio masónico, teorizó sobre el significado esotérico de los naipes e investigó el origen de la lengua de Oc.
¿Por qué entonces tanto empeño en que sea un ajedrez y no otra cosa? La respuesta es sencilla. Si las piezas conservadas hoy en el Museo Diocesano de Lleida pertenecieran a un ajedrez sería el más antiguo conservado en Cataluña y demostraría que este juego entró a la Península por los Pirineos.

La historia documentada
Y es que parece que estas piezas llegaron a esta región en el siglo XI de manos de uno de los principales actores de la reconquista cristiana, Arnau Mir i Montant del Tost. Este noble catalán fue garante de la frontera con el Islam e intervino en diversos asuntos de la formación de Cataluña. Esto llevó a relacionarle con los condes de Urgell, los reyes de Aragón o el misterioso abad Oliva, fundador de la abadía de Montserrat. Éste, al que su biógrafo -el padre Anselm M. Albareda-, atribuye dotes de clarividente, era particularmente amante de las sagradas reliquias. Algunas de ellas (un lignum crucis, fragmentos del Santo Sepulcro y del “vestido de la Virgen”) fueron obsequiados al noble Mir de Tost para que figuraran en el tesoro litúrgico de Àger. ¿Qué tenía de particular este monasterio para que Oliva se desprendiera de sus valiosas reliquias?
Constatamos, no sin cierta sorpresa, que esta plaza fue objeto de fuertes luchas eclesiales para conseguir su gestión y dominio. Durante el papado de Alejandro II cambia la orden monacal. Hasta entonces había sido ocupado y gestionado por los benedictinos. Este es un dato importante.
La orden de San Benito se ha relacionado con la alquimia, una práctica ancestral que desarrolló un importante papel en los monasterios medievales, aunque cierto es que no fueron hallados en el scriptorium de Àger ninguno de los libros prohibidos lo que no significa que no existieran. Por otro lado no deja de sorprender la presencia de un “ajedrez” en un convento cuando la iglesia había prohibido su práctica.
En efecto. Debido a las fuertes apuestas en torno al ajedrez, el Concilio de París del año 1188 prohibió su práctica, algo que trasladó a la región Juan I. Más tarde, con la llegada de Pio IV al papado levantó la excomunión para los ajedrecistas.

Un tesoro fatimita
En su trabajo, Jesús Lores afirma que el ajedrez de Àger es originario del período fatimí, una dinastía islámica que reinó Egipto durante dos siglos (del 969 al 1171). Esta familia de orígenes oscuros y misteriosos convirtió la ciudad de El Cairo en el principal centro intelectual, artístico y económico del Islam.
Los califas favorecieron el desarrollo y la producción de objetos suntuosos realizados con la técnica del tallado del cristal de roca. Este mineral es una variante del cuarzo, incoloro y transparente que se caracteriza por su aspecto denso y compacto. La tradición le atribuía extraños poderes curativos.
Armengou, sin embargo, discrepa y relaciona el juego de Àger con “la división en casas cuadradas del blasón de Urgell, con los testamentos de Urgell y Carcassone, donde hay una división parecida, con la etimología de la palabra “escac” que es germano-occitana, así como en los esgrafiados de la flor de lis de las piezas de Àger, como con el Concilio de París de 1188... todo esto –concluye- conduce a pensar que estos trebejos podrían ser de procedencia europea y no africana.” Armengou se inclina por un origen germánico y añade que “como Cataluña ha tenido espadas milagrosas, disfrutó de la posesión del Grial y de tantos símbolos propios y ajenos, el ajedrez de Àger puede ser algo más que las piezas de un juego.”... ¿Qué, entonces? Sigue siendo un misterio.


Un reportaje de: Josep Guijarro
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