Los 32 rumbos - revista on line de viajes
VERSIÓN PARA IMPRIMIR
Grandes destinos / México
Mexcaltitán
Los descendientes de Aztlán
Los habitantes de Aztlán emigraron en el siglo XI en busca de su Tierra Prometida. Seguían a un Chamán llamado Tenoch que los condujo hasta la laguna donde se ubica el actual México DF. En su éxodo erigieron templos y pirámides allá donde se establecían y desarrollaron un sistema de creencias en comunión con las estrellas.
Texto: Josep Guijarro Fotos: Josep Guijarro
Mexcaltitán es hoy una pequeña isla situada en el occidente de México, a 34 Km. al noroeste de Santiago Ixcuintla. A bordo de una panga, recorrí el estero de la Gran Laguna, rico en camarón, desde el embarcadero de La Batanga hasta la llamada Venecia mexicana y, a medida que me aproximaba a puerto, algo me resultó familiar. No eran las numerosas garzas, ni las águilas, ni las gaviotas, ni otras aves de estas latitudes, sino que aquel laberinto de manglares encajaba a la perfección con las recreaciones que tantas veces había visto de la mítica Atlántida. Es decir, una isla circular con alternancia de anillos, sólo que éstos eran de vegetación en lugar de muros o edificaciones. Recordé el códice que meses atrás había visto en las vitrinas del Museo de Nacional de Antropología de México, relativo a la cuna de los aztecas. Hablaba de una isla llamada Aztlán, representada con un altar piramidal en el centro y que mostraba en la parte inferior a un hombre y una mujer mirando cómo se aleja una embarcación. Sabría después que el significado de Aztlán no era otro que valle de garzas y donde me hallaba, desde luego, las había por todas partes. ¿Estaba entrando en la mítica cuna de los mexicanos? Eso es lo que asegura Wigberto Jiménez Moreno, del Departamento de Investigaciones Históricas del INAH, que durante tres años ha llevado a cabo en este lugar diversas investigaciones étnicas e históricas para despejar la incógnita del origen de los aztecas.
Los textos de dos cronistas del siglo XVI, Fray Diego Durán y Alba Cortés Ixtilxóchitl, permiten identificar el mítico Aztlán con esta isla de Nayarit. Las crónicas aseguran que “estas gentes vivían felices en la bella Aztlán junto a todo tipo de patos, garzas y otras aves acuáticas”.
En época de lluvias, las ahora tranquilas calles de Mexcaltitán, se “hunden” –como dicen los lugareños- para ser inundadas por las aguas del río San Pedro y transformarse en canales que conducen al centro, a la bella iglesia colonial. Por eso las aceras son altas, muy altas, y la vida transcurre entre la laguna, cinco callejones que vistos desde el aire presentan un sugestivo diseño cruciforme, y la plaza central. A esta última me dirijo para encontrar algunas claves del pasado de México en el museo local. Allí, el músico tepicense Manuel Uribe reunió una colección de objetos prehispánicos hallados en los alrededores que resultarían clave para resolver si el mítico Aztlán de los aztecas tenía que ver con esta pequeña isla de pescadores de no más de 400 metros de diámetro. La pieza más importante consiste en una piedra grabada que muestra una garza o águila (hay discusión al respecto) cazando una serpiente. Este símbolo encaja milimétricamente con la visión de Tenoch, el chamán que condujo a estas gentes a una migración que duró generaciones.
Según la versión local, los aztecas salieron de aquí en busca de su tierra prometida en 1091, y deambularon durante dos siglos antes de establecerse en lo que hoy es la Ciudad de México. El lugar no fue escogido al azar. Tenoch había visto en un sueño que la señal para detenerse no era otra que el avistamiento de un águila luchando con una serpiente en lo alto de un nopal. El águila con la serpiente en el pico, figura hoy en el escudo de México, pero su origen parece estar relacionado con el hallado en el primitivo asentamiento de Mexcaltitán, dando fe de la veracidad de la leyenda.
La visión de Tenoch se concretó en el valle de Texcoco donde los mexicas fundaron la legendaria de Tenochtitlán en 1325, una ciudad-isla con canales y jardines flotantes, que poseía el mismo diseño cruciforme en sus calles que su lugar de procedencia. Pero, ¿a qué obedecían estos diseños geométricos y templos piramidales? ¿Qué función cumplían? Y, lo que me parecía más importante: ¿Eran creación propia o siguieron el esquema de una tradición anterior?
Para dar respuesta a estos interrogantes se imponía seguir la ruta que, pretendidamente, llevaron a cabo los mexicas y estudiar detenidamente sus creencias religiosas y soluciones arquitectónicas para compararlas entre sí y determinar si había una evolución entre ellas.

Ruinas desconocidas
No parece existir un consenso sobre la ruta que los primitivos aztecas realizaron hasta su tierra prometida pero parece seguro que atravesaron primero algunas regiones del norte de Jalisco y después, siguiendo el curso del río Lerma, partes de Guanajuato y Michoacán. Y, en Nayarit y Jalisco, tendría oportunidad de visitar dos complejos arqueológicos que, aunque desconocidos para la gran mayoría, encierran claves de las creencias religiosas de esta civilización que después, se distinguiría por construir y emplear las grandes pirámides como templos.
El primero se erige muy cerca del municipio de Ixtlán de Río y se conoce con el nombre de Los Toriles. Cuenta con los restos de un centro ceremonial de la tradición Aztatlán (con ese nombre se conoce a los emigrantes de Aztlán) y podemos observar varios monumentos y pequeñas pirámides restauradas. El segundo se halla en Jalisco, a poco más de un kilómetro de Teuchitlán, en un paisaje dominado por el volcán Tequila donde se erigen tres pirámides cónicas con interesantes alineaciones astronómicas y matemáticas.
Según me explica el conservador Diego O’Hara, las primeras referencias a este yacimiento de Ixtlán del Río son aportadas por cronistas y frailes en La Conquista de la nueva Galicia, de Mota Padilla y Las relaciones geográficas del Reino de Nueva Galicia, del cura Domingo Lázaro de Arregui (1621). Ambos hablan del modo de vida de la región así como de la ubicación de algunos asentamientos que, sin embargo, no serían estudiados hasta mucho más tarde, cuando el párroco de Ixtlán, Juan Navarro, efectúa un corte de norte a sur y da con una interesante estructura circular de la que hablaré más adelante. Me insta a que me fije en unos montículos cercanos. Se trata de pirámides que aún no han sido desenterradas por falta de presupuesto. “Mejor así –me dice con resignación- porque una vez excavadas no habría presupuesto para mantenerlas”.
Al cruzar la puerta del recinto me sobrecoge una figura singular denominada El Guerrero provisto de un curioso yelmo, una prenda en el torso para proteger el cuerpo del impacto de las flechas y, en sus manos, sujeta una macana para el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. A su lado, otra escultura cerámica de la tradición de las tumbas de tiro, presenta unos claros rasgos chinescos. Es un anciano por la pinocha o barba que posee, sentado en actitud reflexiva (ver foto superior). ¿De dónde provienen esos rasgos étnicos?
Inmediatamente los relaciono con las esculturas que descubrí en la acrópolis maya de Copán, en Honduras. Varias estelas de la Gran Plaza representan el rostro de gobernantes mayas con claros rasgos orientales ¿casualidad?
¿O podían antiguos chinos haber viajado a América antes que Colón y dejado su impronta en esas latitudes.

Los misteriosos olmecas
Los aztecas dominarían sobre un imperio que se extendía desde Guatemala hasta el norte de México antes de que los españoles los conquistaran en 1521 pero anteriormente, parte de este territorio estuvo dominado por los mayas y, antes que éstos, hubo un tronco común, una gran cultura madre, llamada Olmeca. Fue la primera en formarse en territorio mesoamericano y se ubicó en la región costera del golfo de México, en los fértiles territorios que corresponden a los actuales estados de Veracruz y Tabasco, alrededor del 1.800 antes de Cristo.
Se distinguieron por su capacidad constructiva. En el centro de muchos poblados se erigieron plataformas en tierra de estructura piramidal. También se caracterizaron por sus conocimientos astronómicos y por unas complejas creencias que después absorberían el resto de civilizaciones mesoamericanas. Sus ciudades emanan una sensación o atmósfera particular, tal vez porque su origen y desarrollo sigue siendo misterioso. Se ha sugerido que los olmecas provenían de África. Esta idea se deduce de las cabezas gigantescas halladas en la llanura de Tabasco. Hablamos de enormes esculturas en basalto (cuando en los alrededores no hay ni un vestigio de esta piedra) que muestran cabezas con rostros de claros rasgos negroides. El padre Ordóñez, descubridor en 1773 de la ciudad maya de Palenque, en Chiapas, decía haber encontrado un libro quiché copiado parcialmente por el obispo Núñez de la Vega, antes de ser pasto de las llamas, en el que se aseguraba que la dinastía que fundó Palenque era una raza resultante de la mezcla de indígenas africanos o asiáticos. Tanto en Egipto como en China han sido halladas pirámides. ¿Procede la tradición arquitectónica de estos lugares tan distantes? ¿Qué semejanzas y diferencias podemos hallar? Y, finalmente, ¿Qué utilidad tenían?
Otros, como el ex jesuita Carlos de Sigüenza y Góngora reunió, a finales del siglo XVII, una gran colección de manuscritos y pinturas anteriores a la conquista. Descubrió que los aztecas hablaban de una piedra calendario empleada para llevar a cabo una cronología exacta a través de períodos de cincuenta y dos y ciento cuatro años. Así pudo obtener fechas importantes como la fundación del imperio azteca, y la de Tenochtitlán en 1325, o del imperio olmeca cuyo origen –según Sigüenza- radicaba en la legendaria isla de la Atlántida a cuyos moradores atribuyó la construcción de las grandes pirámides de Teotihuacán.
Aunque sus teorías, recogidas en Europa por un italiano, suscitaron las burlas de los historiadores, despertaron el interés del barón Alexander von Humboldt que viajó a Acapulco en 1803.
Doce años antes fue descubierta en las proximidades de la catedral de México una gran piedra circular llena de símbolos. Humboldt no tardó en examinarla y descartó que se tratara de un altar empleado para los sacrificios sino del calendario al que aludía Sigüenza. Reconoció dieciocho símbolos usados por los aztecas para referirse a los meses del año (con gran semejanza a los del zodíaco del este asiático) y comprobó que tenía una enorme importancia astronómica.
Yo mismo tendría oportunidad de comprobarlo más tarde al relacionar el calendario azteca con los templos de Ixtlán del Río, las pirámides cónicas de Teuchitlán y el conjunto ceremonial de Teotihuacán y algunas pirámides mayas tanto de México, Guatemala como Honduras. La aventura empezaba e imponía fijar la atención en las pirámides mesoamericanas que, sin duda, no eran sólo tumbas sino que, como las pirámides egipcias, constituían una puerta estelar, un acceso a las estrellas.

Reportaje publicado en nuestra edición número 5, de abril 2010. http://www.los32rumbos.com
Todos los derechos reservados.