El andar tierras y comunicarse con diversa gente hace a los hombres discretos. Miguel de Cervantes
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Descubrimiento de los últimos vestigios cátaros

El catarismo se instaló en el sur de Francia durante los siglos XI y XII. Su influencia en la región de Midi-Pyrénées fue tan grande que incluso los cataros recibieron el nombre de Albigenses

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Imagen de Carcassone
Situado en el departamento del Ariège, el castillo de Montségur es uno de los sitios cátaros más conocidos. Sus antiguas piedras son fiel testigo de la emoción y espiritualidad que se refugió entre sus muros. Capital de la iglesia cátara, símbolo de la resistencia frente a la represión católica, Montségur parece poseer el poder de iluminar la imaginación. Además este castillo fue calificado en su época de templo solar y de santuario del Santo Grial, y cuentan que el mejor día para buscar este tesoro es tras la misa del Domingo de Ramos.
Por otra parte, en cada solsticio de verano, cientos de personas se acercan a la fortaleza con la intención de ver el famoso “rayo rojo” que atraviesa la fortaleza como si fuera un último mensaje de los cátaros. Ese día, al alba, el sol llega por los arcos orientales y sale por los arcos occidentales para indicar el lugar donde está escondido el tesoro de los cataros. Este fenómeno se debe principalmente a causas arquitecturales y se sabe que los cataros no poseían casi nada pero sin embargo muchos siguen soñando.
En mayo de 1243, el ejercito rodeó el castillo, que se eleva a 1207 metros de altitud, de ahí su nombre “ciudadela de vértigo”. Este ejercito fue enviado por el Papa con el fin de aniquilar Montségur, último refugio del catarismo. Se trató de un ataque desigual, 6.000 soldados contra 500 cataros. A pesar del hambre, el frío y los combates mortales, los asediados aguantaron durante todo un año. Al final agotados se rindieron el 16 de marzo 1244. Los ganadores prometieron liberar a todos aquéllos que renegaran su fe cátara. Pero en realidad, no fue así. Los cátaros bajaron la colina. En la pradera les estaba esperando una hoguera. Ellos mismos se tiraban a las llamas gozosos y sin miedo al fuego mientras cantaban «mi reino no es de este mundo». Actualmente una estela marca el lugar donde murieron estos 225 hombres y mujeres.
A los cátaros de Montsegur también se los conocía con el nombre de “tejedores”. Eran ellos, al igual que los comerciantes de lanas, los encargados de ir desde el castillo hasta el pueblo de Lavelanet y así, a la vez, transmitir la doctrina catara por los alrededores. Hoy en día se puede subir al castillo de Montségur dejando el coche al pie de la peña, de 1.207 m de altitud sobre la cual está edificado.
Pero mucho más impresionante es recorrer el « Camino de los Tejedores » que sale del centro de Lavelanet a las 9 de la mañana y llega a Montségur tres horas más tarde y 16 kilómetros después. Este es el famoso camino por el que muchos tejedores cátaros bajaban la lana en el lomo de la mula hasta el pueblo de Lavelanet, centro textil histórico del Ariège. Esta caminata está descrita en la guía“ Ariège andando, del piemonte a los Pirineos”.

De Toulouse a Cordes-sur-Ciel, la memoria viva del catarismo
A parte de Montségur y otros sitios del Ariège, numerosas ciudades y pueblos testimonian, un poco por todas partes en Midi-Pyrénées el compromiso de los cátaros y de las batallas que les opusieron a la Iglesia en el transcurso del siglo XIII. En este largo enfrentamiento dos personajes dominan: se trata de Raymond, conde de Toulouse, defensor del catarismo y de Simón de Montfort, jefe de la cruzada organizada por el Papa.
La ciudad fortificada de Cordes-sur-Ciel en el departamento del Tarn es un ejemplo. Fundada en 1222 por el conde de Toulouse para instalar a los habitantes de un pueblo destruido por Simon de Montfort, la ciudad de Cordes-sur-Ciel es famosa por la riqueza de su patrimonio gótico. Sus fachadas están decoradas de esculturas enigmáticas donde se puede descifrar ciertos símbolos y episodios de la historia cátara. Se cuenta también que sus habitantes en 1233, tiraron tres inquisidores al misterioso pozo situado debajo de la plaza central de 114 metros de profundidad.
No lejos de ahí, el pueblo de Penne ocupa un sitio precioso en la garganta del Aveyron: las ruinas del castillo son un testimonio de la brutalidad de Simon de Montfort. Este último arrasó la región antes de morirse en 1218 al sitiar Toulouse, delante del actual teatro Sorano.
En el sur de Toulouse, el bonito pueblo de Saint-Felix-Lauragais es también un testimonio importante del catarismo: en su castillo se desarrolló el primer concilio de la Iglesia cátara. Su importante iglesia, con su campanario de estilo gótico de Toulouse, marca la reconquista de la zona por la Iglesia romana. Muchos otros lugares conservan en sus piedras la memoria de la epopeya cátara como las ciudades de Castres, Mazamet o Mirepoix entre otras.

 
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Noticia publicada el 06/11/2009
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